Josué y Joscelyn – Una historia en La Mayor.

En las clases de guitarra, la esperanza creando el tiempo ríe y se esparce como lo hace la luz del sol al despuntar en las primeras horas. También en las últimas horas ocurre ese despunte hacia mundos subterráneos; aquéllos que como dimensiones ocultas esconden sus risas, sus músicas y amaneceres.

Josué y Joscelyn son 2 jovencitos amigos de las Musas, que aprenden a pulsar los acordes como si se tratara de lo único importante; de lo único existente… ¡de lo único!

5518934127_e55d9e24aa_zLos observo con satisfacción y un nivel de mí me reprocha el haber considerado que todo estaba perdido. Intento emular la pasión de ambos, mientras ejecutan sin errores cada posición; en ese momento, ocurre inesperadamente una incisión que rasga los velos, y ahora, cada traste, cada cuerda, ha dejado de ser tal para transformarse en una autopista. Son como rieles de un tren, si hemos de  utilizar una representación familiar; aunque para ser sinceros, la vía está segmentada cual escalera sónica. En ese sendero, el progreso y desplazamiento era nuestro, no de las notas.

Comenzado aquel lúcido trayecto, a la menor distracción de mi parte, me quedo bastante detrás y ellos avanzan con algarabía, como impulsados por aquel Céfiro que Botticelli representó con maestría. Me detengo por un momento en mi ejecución y a través de un atajo los alcanzo para continuar a su lado disponiéndome a no retrasarme. Al observar ambos que una vez más llegué hasta el punto en que se encontraban, me reciben con una bienvenida sin palabras, sin interrupción alguna, con el corazón.

Desde allí me permiten observar algo maravilloso. Mi cuerpo completo estaba dispuesto sosteniendo el cuerpo del instrumento. A su vez, con él ejecutaba los acordes y tonalidades nuevas para mí. Mi sentido de la vista, oído e intelecto se intentaban sincronizar para concatenar y evaluar lo que estaba haciendo. Mi emoción estaba presente en todo momento.

Por primera vez fui testigo de la unidad por parte de los elementos que me conforman, dirigidos a lograr una conjugación. La experiencia es como aquella en la que se fabrican desde la nada los muñecos de trapo. Estos deben estar constituidos como nosotros mismos y al igual que su composición se va armando a partir de elementos heterogéneos; de la misma manera, somos formados en un punto temporal determinado.

4577465709_702976d242_z.jpgNuestra vida está conformada por millones de millones de puntos temporales desplegados como virutas de polvo en el espacio. Lo anterior se plantea si nos formulamos un punto de vista general, pero si observamos con un poco más de atención podremos darnos cuenta que en realidad nuestra consciencia de vigilia no es más que eso. Desde que nos despertamos hasta que nos sumimos en los brazos de la noche somos lanzados al violento transcurrir de esas miríadas de puntos, cada uno de los cuales, pretende erigirse como centro de aquella circunferencia que los sabios de la antigüedad emplearon como mapa hacia nociones integrales de lo que existe.

Desde esa perspectiva, pareciera que esas virutas de tiempo dibujadas como restos microscópicos de una explosión primigenia, no fueran sino los conformantes de la circunferencia, aquellos que hacen posible la línea.

Al parecer, todo depende de la vista que mana del observador. La clave según algunos radica en el sujeto. De él mana todo lo demás. Kant comenzó su majestuosa obra con grandes sentencias al respecto.

Dicho lo anterior, pareciera que es esta observación la que hace que alguno de esos puntos se dé cuenta que no es uno más, sino que él mismo es el centro y que todos los demás no son sino su reflejo.

La paradoja anterior es de naturaleza aporética.

Sin embargo, por la gracia de las Musas puede emprenderse ese camino, ya que su guía se realiza bajo la alianza que aquellas poseen con el padre de las letras en su esencia más íntima.

Joscelyn y Josué, en apenas un par de minutos, quitaron el telón frágil del mundo, dibujando en el lienzo “algo” que además vive a partir de entonces, hallándose integrado en el engranaje de dimensiones ontológicas que sustentan a todo ser.

Autor: José Antonio Quintero Ortiz.

 

Crédits: Illustration 1: “music” by zhouxuan12345678 is licensed under (CC BY-SA 2.0)  /  Illustration 2: “The Big Boing” by HoC Kmentemt is licensed under (CC BY-NC 2.0)
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Alquimia de Cañas

Esta es la historia de un maestro con un artefacto mágico en un pueblo de artistas.

Hernán Jerez Klopfer permanecía en silencio durante el entreacto de la ópera. Mientras el público aprovecha sus 15 minutos para estirarse y socializar, él separa la caña de su oboe para ajustarla.

En aquella época se usaba papel baudruche en lugar del film plástico adhesivo para envolver el hilo que sujeta la lengüeta doble de madera al tudel. El material se sellaba entonces con esmalte de uñas, haciendo las veces de la cubierta de film transparente. Esmalte sobre papel, papel sobre hilo, hilo que une la pieza de madera al tudel de corcho, revestido internamente de metal, que encaja en el orificio superior del cuerpo del oboe. Alquimia. Magia indescifrable a los ojos del director del teatro, quien mira fijamente a Jerez remojando una y otra vez la brochita en el esmalte, pensando cómo es posible que en plena ópera se ponga este a pintarse las uñas.

Aunque no tenía nada en contra de los homosexuales, esto ya era inaguantable y no pensaba seguir contratándolo como músico de la ópera. En privado, el director del teatro le comunica a Jerez su disconformidad con las prácticas estéticas en medio de una ocasión tan importante. “Espere un momento que voy a buscar algo al camerino”, es la respuesta del músico chileno. Regresa instantes después sosteniendo un estuche que podría pasar por equipo de costura de emergencia, aunque guarda los implementos para fabricar las cañas, mucho menos ordinarios de lo que parecen. Navaja recta, paletas de madera, variedad de tudeles, hilo, espiga, alambre, mandril, cuchillas y regla. Engalanados con todos estos artilugios se pasean, abstraídos, los oboístas manipulando, soplando, raspando, armando y embalsamando sus cañas. Para ellos es casi como cocinar; se saben la receta, cuándo les va a salir bien y cuándo no, cuántas veces la navaja debe acariciar la paleta y cuántas vueltas se le da al hilo para unir la paleta al tudel. Metódico. Preciso. Secuencial. Como los relojeros con sus lupas, pinzas, troqueladoras y destornilladores. Aunque las probabilidades que tienes de ver a un relojero trabajando son mucho más altas que ver a un oboísta haciendo alquimia de cañas.

Y entender cómo funciona la maquinaria de un reloj con un par de vídeos en YouTube ni siquiera es comparable con tratar de identificar todas las partes de la caña, por qué están dispuestas de esa manera y cómo afectan la ejecución del instrumento al funcionar como conducto para soplar el aire y emitir sonidos mediante la vibración de la lengüeta, mientras se presionan las llaves con los dedos. Cualquiera que deba practicar diariamente un ejercicio con tal grado de complejidad, perdería la paciencia de inmediato y daría una respuesta ufana si alguien lo compara con algo tan mundano como pintarse las uñas. Pero Jerez -a quien su primer profesor de oboe le daba la espalda cuando arreglaba las cañas para que no viera lo que hacía- es un maestro por naturaleza, así que le explica pacientemente al director del teatro esta curiosa ciencia y conserva su puesto de músico en la ópera.

Bienvenidos al corazón colonial de Lara, la cuna de artesanos textiles, vinicultores y ahora también grandes músicos. Allá donde está el cerrito de la Cruz. Carora, toda cultura, historia y sobre todo sol. Con oboe de Carora y paletas para cañas de Trujillo, Jerez, que venía de ser profesor del Departamento de Música y Arte Escénica de la Universidad de Chile, oboísta y cornista inglés de la Orquesta Filarmónica de Chile y oboe solista del Quinteto Hindemith, pasa a enseñar a alumnos de flauta, clarinete, fagot y, por supuesto, a los futuros alquimistas de cañas.

Después casi todos los instrumentos, pero al principio solo la madera. Por eso decían que los clarinetistas que enseñaba Jerez sonaban como oboístas, tenían un timbre distinto. Aunque la excusa era el instrumento, muchas veces sus clases terminarían en reflexiones sobre arte, filosofía, historia universal y política. Sobre la vida, pues. No le gustaba poner nota. Antes de la creación de la Orquesta Nacional Juvenil por José Antonio Abreu, Jerez, con aquella nobleza marcando perennemente su semblante; arrancando sonidos oscuros en los graves, cálidos y dulces en los medios y brillantes en los agudos del oboe, se convierte en uno de los brillantes fundadores de la primera Orquesta Sinfónica Infantil de Venezuela. Comienza a sembrar él mismo su propio material y adquiere las máquinas para cortar, gubear y moldear la madera virgen de la que se obtienen las paletas. Surtía a sus alumnos con el material y enseñaba a elaborar las cañas del oboe el instrumento que afina la orquesta–, desde la mata y el amarrado hasta la parte que se podía confundir con la manicura: el acabado final.

El músico que se pintaba las uñas en plena ópera era el hijo de Balbino y Matilde, ahora en tierra extranjera. El alumno de Pedro Cocchiararo y Lido Guarnieri. El esposo de Agustina. El padre de Hernán, Álvaro y Boris. El profesor que le enseñó a Werners, Isabel, José Luis, Evelyn y Daniel cómo respirar para poder desprender algún sonido del oboe, esperando el día que estuviesen listos para enviarlos a ver clases con uno de los grandes en Caracas. Jerez amaba Venezuela y amaba Carora. Le encantaba el ajedrez y los conciertos para oboe de Albinoni, J. Haydn y Mozart. Se iba, emperifollado, todos los días en carrito de Carora a Barquisimeto –gracias al desarrollo vial ya no tenía que aguantar tantas curvas– para dar clases y les contaba a sus alumnos que en la época más ruda de la dictadura en Chile, cuando un músico faltaba a un ensayo o concierto, todos sabían que lo habían desaparecido. No lo verían más, por eso tocaban en su memoria el solo de oboe de la Sinfonía ’Heroica’ de Beethoven, pero nunca llegaban al final del movimiento porque uno por uno se iban quebrando y abandonando el lugar. Con la ’Heroica’ él mismo se despidió de sus alumnos en el Tocuyo en 1983. Con ese solo muchos también lo recuerdan hoy: un músico nacido para músico y muerto como músico. Una gracia especial. Alquimista de cañas (no confundir con manicurista). Ingenio grande en un pueblo pequeño que formó su propia cultura. Una historia pendiente.

Autora:
Gabriela Vignati
Dir. Tecnología e Información de la Fundación Cátedra de Oboe Hernán Jerez Klopfer.
Instagram
@gbvignati
Credits:
Illustration 1: “Clarinete, sección de la boquilla. Oboe (boquilla vista de frente y de lado)” by Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla is licensed under (CC BY 2.0)
Illustration 2: “Somewhere Over the Rainbow_Low” by Muxxi. is licensed under (CC BY-NC-ND 2.0)
Illustration 3: Carla Adol. Instagram: @carlaadol

De lo que un árbol sin hojas ha recordado.

Este año la cosecha de mangos no fue tan abundante como la del anterior. Pareciera que el esfuerzo y la abundancia de frutos suministrados el año pasado por el árbol se tradujo en la carencia presente en esta temporada. Se suele justificar este hecho en el envejecimiento del árbol, sin embargo es difícil concluir eso sin más, considerando que realmente pude sentir un poderoso sabor herrumbroso hace un par de tardes, mientras mordía uno de los frutos cuyo color rojo llamó mi atención durante el breve paseo que realicé ese día.

Cuando comenzó la carga de frutos en las enramadas del árbol tuve la oportunidad de contemplarle de lejos, pues me tocó subir a la terraza de mi casa para sujetar el cable telefónico que se había desprendido de su soporte durante una fuerte lluvia a primeras horas de la madrugada.

Esa mañana dispuse la escalera y comencé mi ascenso haciendo un esfuerzo sobrehumano para no gritar de dolor por la lesión de mi rodilla derecha; aun así logré llegar a la cúspide y terminando de solucionar la avería doméstica divisé a lo lejos un breve grupo de frutos cuyas formas eran similares al resto de mangos que en ese momento no eran visibles para mí, pero que eran incluso accesibles al tacto desde la parte de abajo, caminando en torno al tronco y a la sombra del gran ejemplar.

A pesar que esos grupos de “mangos” tenían la misma forma del resto, no compartían con los de su especie el color. Poseían un evidente color carmesí que era bello a la vista como cuando se contempla un monumento tallado en jaspe rojo, con la gran diferencia de que el artesano en este caso era la propia planta y su materia prima fluía incesante en los ductos, venas y recorridos vegetales que se abrían paso en el interior, penetrando las raíces en dirección a las obscuridades de la tierra y también ascendiendo en cada hoja, rama y fruto en dirección al éter celeste circundante e invisible.

Esa diferencia visual entre el rojo sangre y el amarillo áureo, el primero perteneciente al pequeño grupo antes descrito y el segundo matizando el resto de frutos colgantes, me impactó intempestivamente llegando a mis niveles nerviosos, emocionales y mentales más profundos e incluso desconocidos para mí; así como aquella savia penetraba al gran ejemplar, que de allí en adelante se convirtió en objeto de todas mis cavilaciones.

No podría llegar a imaginar, que aquel asombro inesperado se desvanecería de repente para transformarse en algo mucho más terrible y espeluznante, a partir del segundo en que sentí como un relámpago -emanado de la memoria gustativa de remota e imprecisable ocasión-  el leve pero firme sabor a sangre impregnado en el paladar luego de haber degustado aquel pequeño mango durante el paseo de la tarde.

A pesar de lo que pudiera pensarse, contrario al hecho de que cualquier persona en mi lugar habría acudido de inmediato en busca de una escalera para acceder a los frutos objetos de tantas reflexiones posteriores, por mi parte me limité a tratar de ignorar ese evento, hundiendo mi atención de manera voluntaria en los quehaceres cotidianos conformados por el vaivén doméstico entre el trabajo y la tertulia.

Sin embargo, ese refugio frágil como las pompas de jabón, al menor soplo de los cuatro vientos se desvaneció como espejismo.

Fue imposible permanecer incólume en una huida de esa naturaleza, frente a un llamado tan sutil pero indudable como aquel ejercido por el paladar, que como el Dragón de la Cólquida nunca pegaba un ojo.

Así pues, ya tenía una semana disponiendo del tiempo sin ocupaciones, para sentarme utilizando como apoyo tan solo la pared sur de mi habitación y poder rumiar una y otra vez acerca de aquel encuentro inolvidable con el dolor a través del más denso de mis cinco sentidos.

He aquí el producto de mis atenciones: es asombroso como la primera noción del <<dolor>> que adquirimos está en conexión directa con los sentidos más densos que poseemos, es a través del tacto agresivo o mediante una agresión al tacto, como sentimos por primera vez aquel efecto inmediato sobre nuestro sistema nervioso, que nos hace sentir algo difícil de describir pero que de inmediato nos precipita en retroceso en dirección opuesta.

Eso es en pocas palabras lo que el dolor, primeramente físico, nos produce: “una precipitación en retroceso en dirección opuesta”.

¿Será quizás una manera de retrogradar voluntariamente el hecho de procurarlo consciente e intencionalmente con fines gnoseológicos dirigidos a la interioridad?.

Además, el ejercicio anterior: ¿resultaría en un mecanismo de ejercitación olímpica de facultades y fortalezas posibles, latentes en alguna dimensión no precisamente muscular?.

Las preguntas anteriores están referidas a la segunda y tercera noción de dolor que adquirimos cuando nos vamos formando como personas integrantes de la colectividad. Las referidas interrogantes no podrían estar dirigidas a la primera noción, pues resultaríamos entonces especies de masoquistas o alienados.

La segunda noción de dolor se presenta por vez primera cercano a la época de la pubertad, cuando escuchamos que alguien haciendo alusión a una desavenencia personal en su entorno emocional, que le ha resultado en una fugaz contradicción o tragedia, dice o menciona que tiene un gran dolor para hacer referencia a un flagelo intangible que algunas veces resulta visible y reflejado en las expresiones de llanto, que en la mayoría de los casos se manifiesta incontenible en el rostro del adolorido.

Es así como esta segunda noción, pasa de ser una sensación corporal molesta para convertirse en una emoción perturbadora de la aparente estabilidad, tan protegida por parte de quienes compartimos la condición de integrantes del mundo moderno.

De la primera noción el médico y el anatomista pueden darnos testimonio de su existencia, también de su origen y en muchos casos de su solución o remedio. De la segunda, la “com-pasión” es el medio a través del cual se sabe de ella y en algunos casos hasta posibilita la amortización de sus efectos, sin resultar en garantía de obtención o precisión de sus huidizos orígenes.

La tercera noción es la matrona de las dos primeras, pues resulta que se encuentra en un nivel “presente” con todo lo que ésta dimensión temporal implica. Ese “dolor presente” se enraíza, sustenta y es el núcleo del justo medio intemporal donde el pasado anhela llegar como meta, pero cuando se ha dado cuenta es futuro. Su trayecto fue tan rápido que no pudo ni fue capaz de precisar el justo medio.

En el mismo tenor, aquella matrona es como un foco irradiante de luz  que al reflejarse en los vitrales del espacio-tiempo evoca las miríadas de formas a través de las cuales el dolor puede ser concebido como posible, en las dimensiones a las que pertenecen la 1ra y 2da noción.

Esa 3ra noción se constituye en el más terrible pero a su vez el más liberador de los que han sido precisados. ¿Es ese el que nos permite vernos? O por el contrario, ¿el mismo surge por el hecho de habernos visto?; sobre todo por el hecho de haber mirado nuestra minusvalía más adorada, alimentada, protegida y cultivada como parte esencial de nuestra personalidad. ¿Será esa la que está llamada a morir?.

 

Autor: José Antonio Quintero Ortiz
Credits: Illustration n.1: “full moon” by begemot_dn is licensed under (CC BY-NC 2.0)/ illustration n.2:  “Into my eyes” by naishh is licensed under (CC BY-SA 2.0)

Estrofa III. Interpretaciones sobre Annabel Lee – Edgar Allan Poe

Hemos descrito con anterioridad el nexo explorado por el observador cada vez que penetra en los versos de esta magna obra del gran E.A. POE.

Esta esencia, para darle una denominación más acertada, llega a ser de tal categoría que los mismos pobladores de aquellos niveles superiores se dieron el permiso de codiciar esa unión.

Dicho lo anterior, entramos en la III estrofa de la obra para observar cómo se afianza lo que pretendemos sugerir en estas cortas líneas.

Este tercer segmento nos conecta de manera causal con la II estrofa y su final, pues comienza señalando que por esas razones, es decir, por la codicia de esas “potencias de las alturas” hacia Annabel Lee y su amante, sobreviene un viento soplado desde las nubes: “A wind blew out of a cloud, chilling my beautiful Annabel Lee”; luego, este viento portaba en su seno el frío más petrificante y su cometido fue precisamente ejecutar mandatos provenientes de latitudes celestes.

El destino anterior, más allá de ser tomado en su sentido textual evidentemente funesto, ha de entenderse a nuestro criterio como la condensación de aquello que en ese reino se encontraba en el ápice de un estado de ebullición. Así pues, la condensación es precisamente la transformación de un gas en estado líquido o sólido. En este orden, ese viento de las alturas funge como hábil artesano fijador de aquello que en sí mismo resulta a primera vista  y en el mejor de los casos imprecisable, para posteriormente hacerlo tangible y disponible.

Ese artesano es el mismo poeta que en su oficio logra capturar en fonemas, números, ritmos y armonías aquellos vuelos elevados del genio capaces de transportarnos a dimensiones de nosotros mismos que en la mayoría de los momentos de nuestra vida se encuentran relegados.

Por otra parte, queda evidenciado el carácter del “linaje superior” al que pertenece Annabel Lee, pues inmediatamente se habla de que sus parientes de alta estirpe vinieron, llevándosela para encerrarla en un sepulcro.

“So that her highborn kinsmen came

And bore her away from me..”

Así pues, en caso de atenernos al sentido expresado por el  nivel discursivo del final de la III estrofa, nos veremos abrumados por el carácter de disolución, melancolía y fatal separación “física” de Annabel Lee, pero se trata más bien –considerando los elementos ya expuestos a lo largo de las entradas anteriores de nuestro blog- de la transformación proveniente de las alturas de la doncella, representada en dos ámbitos: el primero, de naturaleza “invisible” evocada en el cielo, las potencias angélicas y el soplo condensador antes referido; y el segundo, más bien vinculado con la nobleza del linaje al que pertenece la protagonista, manifestado en los parientes de alta estirpe.

La transformación anterior implica una sublimación de aquello que en su momento había llegado a su más absoluto desarrollo esencial, a través de la más alta potencia.

Autor: José Antonio Quintero.
Crédits: Illustration N.1 “sea sisters” by Amber Seegmiller is licensed under (CC BY-NC 2.0) / Illustration N.2 “Gentleman with hat and cane” by indiamos is licensed under (CC BY 2.0)

¡Adiós, Dr. Tama! Y la Novela “En Carora” de Cécil Álvarez.

Dedicado a su esposa, hijos, nietos. Dedicado a Carora que hoy se conduele por la despedida.

El domingo estaba en Quíbor y recibí una noticia dolorosa: murió el Dr. Tamakún. Sentí un golpe en el pecho acompañado de este pensamiento constante: ¿y ahora? La intensidad del dolor me exigía escribir pero el desconcierto me dejaba sin saber qué decir.

Pensé en mi padre, con sus problemas de salud, su régimen alimenticio y los medicamentos que lo mantienen activo, todo recetado por el Dr. Tama. Su palabra era ley cuando se trataba de la salud de mi padre y de toda la familia. Yo misma he pasado distintas dificultades de salud: cuatro intervenciones quirúrgicas, desordenes metabólicos por obesidad y hasta años de severos estados depresivos en los que pasaba más noches en la sala de emergencias de la clínica de Carora que en mi casa. En todas estas ocasiones Tamakún tenía la primera y última palabra.

Recuerdo que yo le tenía un poquito de miedo… más que miedo, era respeto; sentía alguna grandeza ante mí que me intimidaba. Era parecido al respeto temeroso que sentía por mi Maestro. Para mí, sus ojos reflejaban alguna fortaleza de espíritu más allá de lo humano, una imagen y semejanza de Dios. Creo que de allí venía mi respeto temeroso. Siempre lo saludé con inhibición y respeto; fuí a sus consultas con inhibición y respeto… Su trato conmigo fue siempre dulce y caluroso como el calor que se desprende del amor de los padres.

No tuve el impulso de escribir nada de esto ese domingo porque hasta ahora no había tomado consciencia de lo que significaba ese cúmulo de emociones. Ellas estaban ahí, impregnadas en mí pero sin forma visible, ocultas y misteriosas… hasta que me llegó un fragmento de la novela “En Carora” de Cécil Álvarez que develó ese cúmulo de emociones y les puso un nombre. Citaré el estracto de la novela que me hizo comprender el verdadero significado de lo que Tamakún es para Carora:

“Así entre el medio de los galenos de la capital del estado, circulaba el corillo que en Carora había una especie de José Gregorio que hacía milagros, lo que no podían saber estos señores, es que Tamakún era parte del alma colectiva, de la Psiquis del pueblo de Carora, y que la mayoría de las enfermedades del mundo tienen que ver con una distorsión psíquica del paciente que Tamakún era consciente porque también era su problema.”

Tamakún era parte del alma colectiva, de la Psiquis del pueblo de Carora… Esta frase me hizo comprender lo que se reflejaba en sus ojos: Tamakún, más allá de su condición mortal, llevaba en el alma parte de la esencia de Carora; era colonia, era la sociedad entera en todos sus niveles, y su trabajo fue tan arduo que parte de su alma y del alma caroreña se compenetraron tanto que hasta me atrevería a afirmar que lograron una unidad.

Así como a los caroreños nos define “ser cabezones”, “ser godos y no godos”, “ser locos”, “ser sensibles”, “ser escritores y artistas”, “ser ganaderos”, también nos define “ser pacientes del Dr. Tamakún” porque nuestro desconcierto somatizado ante el mundo hacía una verdadera catarsis solamente en sus manos. De allí el respeto temeroso, de allí el genuino amor de los caroreños por su doctor, de allí el dolor que hoy embarga a nuestro pueblo. Decirle adiós ha sido como decirle adiós a una parte importante de nosotros mismos, como si algo de la psiquis de Carora se hubiese consumido, dejándonos huérfanos.

Algo parecido sentí cuando mi Maestro abandonó el mundo de la materia. Así debieron sentirse los caroreños de antes cuando vieron partir a Don Pío Alvarado, a Chío Zubillaga, a Alí Lameda y más recientemente a Alirio Díaz. Sin embargo, creo con las fuerzas de mi corazón que así como aquellos hombres que trabajaron por grabar sus nombres en el nombre supremo de Carora, el Dr. Tamakún quedó inmortalizado en nuestra tierra.

Su nombre, su pseudónimo que designa las andanzas de un vengador errante, será conocido por los que vienen después; será titulo y personaje de obras literarias, de piezas musicales, de obras y creaciones caroreñas; será la anécdota primera que los caroreños contaremos con el paso de los siglos cuando queramos hacer entender a otros lo que Carora es. El Dr. Tamakún será símbolo de lo más preciado de estas familias nutridas de tierra árida y sol… Será el suspiro último, “¡Ah mundo Tama!”, en el nacer de las nuevas generaciones. Será ejemplo de lo que es trabajar, hacer, servir a otros con verdadera pasión… Por eso, si bien su condición humana no le da la opción de la inmortalidad, partes de su ser oculto quedaron grabadas aquí para ser evocadas en la perennidad de nuestra consciencia colectiva.

Con todo el respeto y agradecimiento que siempre prevaleció en mi interior ante el contacto con usted,

Le deseo un feliz viaje hacia otros niveles de consciencia.

Autora: Cecilia Álvarez
Créditos: Ilustraciones aportadas por Carla Adol.

Sobre lo que leí en Zanoni de Sir Edward Bulwer Lytton

Cuando se trata de escribir me abraza un miedo terrible que saca sus brazos desde el centro de mis entrañas y toma mis manos tan fuerte que me deja paralizada. Quedo paralizada por el espanto.

Yo creo conocer ese miedo; me refiero a su forma. Y aunque nunca he visto su rostro ni he buscado algún contacto visual por el terror mayor de la petrificación, he visto sombras suyas circundando alrededor de este pensamiento: si la realidad que aprendí a ver desde niña es ilusoria, construcciones de la mente según el entorno cultural que nos educa y todo mi mundo, mis creencias, y hasta las reflexiones que creía propias, son una ilusión, ¿cómo se que esa supuesta habilidad o condición que tengo para escribir no forma parte de ese mismo espejo quebradizo cuyas piezas aprendí a mantener juntas con el paso de los años?

Cada vez que en algún lugar de mí siento surgir esta idea el miedo me abraza, dejo caer mi pluma, la entierro con los pies en lo profundo de la tierra y me siento a mirar cómo mis manos se secan y marchitan mientras pierdo también algo de aliento vital.

Lo mismo ocurre cuando acerco mi mirada al arte y emprendo el intento de expresarme a través de la única creación que mi alma exige: ARTE, inmediatamente abundan las miradas curiosas del “otro” que con la apariencia de la ayuda y generosidad no tienen otra intención que lanzar juicios repletos de afiladas palabras para sutilmente decirme que mis expresiones carecen de fuerza. Algunos con una generosidad auténtica me animan a seguir a pesar de cualquier cosa, como mi Maestro que me dijo: “escribe lo que sea, pero escribe…” y entre las opiniones encontradas de los demás reina el miedo interno paralizador: ¿qué si, creyendo haber encontrado mi camino, me detengo ya vieja y me doy cuenta que no vine a esta vida a escribir, que desperdicié mi tiempo y que hubiese sido más provechoso invertirlo en nada, hacer nada, crear nada en la espera de la muerte? ¡Tragedia! ¡crisis! porque darme cuenta de eso es aceptar que lo más sagrado que tenía debe desvanecerse y morir; que lo único que sentí auténtico se quiebra, así como se quiebran las creencias que nos abandonan; así como aquél católico ferviente se encuentra un día siendo ateo pensando en la inexistencia de Dios.

Siempre tengo esta lucha: el deseo de escribir se pone en guardia y se defiende, a veces parece vencedor. Lo ayudan fuerzas que no conozco pero que se hacen presentes en un instante de invasión. Busco la pluma enterrada, la encuentro y comienzo a escribir… ¡Bendita sea la vida!… El miedo, entonces, saca su brazo de mis entrañas y me abraza, las manos se marchitan y tiemblo en algún rincón convertida en piedra y con la mirada perdida.

Siempre tengo esta lucha. La concienticé cuando venía con José en la carretera y él me propuso que comenzaramos a leer Zanoni de Sir Edward Bulwer Lytton. La noche anterior él había leído para mí la introducción y en carretera le leí yo, en voz alta, el primer capítulo llamado “La Música”. No conozco a fondo la obra, estamos comenzando a leerla, pero conocí a Pisani en esas primeras páginas y el centro de Pisani me habló. Yo sentí que algún centro mio vibraba con fuerza respondiendo mensajes de una sublime comunicación. Contaré lo que me dijo:

Él y su arte eran a propósito para vivir aislados y parecían creados el uno para el otro. Ambos eran extraños, ambos pertenecían a los tiempos primitivos, o un mundo desconocido o irregular. Era imposible separar al hombre de su música: ésta era él mismo. Sin ella, Pisani no era nada, o no pasaba de ser una mera máquina, con ella, era el rey de su mundo ideal. Al pobre hombre le bastaba con esto!”

Desde entonces no dejo de pensar en esta frase: “era imposible separar al hombre de su música, ésta era él mismo.” Adquirí una nueva espada en la batalla: mi escritura no es externa a mí, no es una herramienta que utilizo o una extensión de algo que me pertenece. Mi escritura es real porque, entre el Todo del mundo ilusorio, en ella se impregnan fragmentos de mi llama escondida, de mi chispa sagrada. Mi escritura nace del trozo dionisíaco que me habita. Ante esto la mirada curiosa del otro se desvanece, sus juicios se vuelven inteligibles, mientras que la mano de mi Maestro y su consejo: “escribe, escribe siempre…” se hacen más comprensibles.

La misma noche anterior del viaje José me consoló con unas palabras más o menos así: “no desdeñes lo que nace de ti porque eso es precisamente lo que se anuncia como sagrado cuando nos preguntamos qué es Lo Sagrado.” Creo que por eso me propuso entrar en contacto con Zanoni, sabía que Pisani tenía algo urgente qué decirme. ¡A la pobre mujer le bastó con esto!

Autora: Cecilia Álvarez
Crédits. Illustration N.1: “Feather Fully” by Tatiana Guid is licensed under CC BY-NC-ND 2.0 / Illustration N.2: Photo “the hunger, painting by scott richard 2011” by torbakhopper is licensed under CC BY-ND 2.0

La Armonía Musical y la Canción de Amor de Rilke.

Liebeslied

Wie soll ich meine Seele halten, daß
sie nicht an deine rührt? Wie soll ich sie
hinheben über dich zu andern Dingen?
Ach gerne möcht ich sie bei irgendwas
Verlorenem im Dunkel unterbringen
an einer fremden stillen Stelle, die
nicht weiterschwingt,wenn deineTiefen schwingen.
Doch alles, was uns anrührt, dich und mich,
nimmt uns zusammen wie ein Bogenstrich,
der aus zwei Saiten eine Stimme zieht.
Auf welches Instrument sind wir gespannt?
Und welcher Spieler hat uns in der Hand?
O süßes Lied.

Rainer Maria Rilke

Recuerdo la primera vez que leí la Canción de Amor de Rilke. Estábamos estudiando griego y el Maestro comenzó a explicarnos sobre los distintos matices de cada una de las palabras griegas que significan “amar”.

rilke2Para “amar” tenemos en español un sólo verbo; y cuando queremos expresarlo, en cualquiera de sus matices y direcciones, no podemos hacer otra cosa que usar ese único verbo. También podemos hacer uso de “querer” pero sabemos, o acostumbramos saber, que la querencia no es amor. Sin tomar en cuenta que además, en la época moderna decadente que estamos viviendo, la única palabra con la que cuenta el español para expresar el sentimiento creador más allegado a lo inmortal que puede experimentar un mortal está cayendo en un vacío abismal y perdiendo absolutamente todo contacto con su significado real, o  mejor dicho, con su esencia.

Los griegos, en cambio, tenían diversas palabras para hablar de amor y cada una de ellas, en la misma intensidad, tenía sus sutilezas. Así nos encontramos con el verbo φιλεω (phileo), y el Maestro comenzó a explicarnos que esa palabra, como efectivamente salía en el diccionario, quería decir amor, pero su esencia real era muchísimo más profunda que un simple “sentir afecto hacia” o tener alguna inclinación amistosa con la otredad. Nos dijo que su esencial real era poéticamente definida por Rilke en su Liebeslied. Hicimos entonces una pausa al griego mientras Naty ubicaba el poema que nos pondría en contacto con el centro escondido de φιλεω.

Aún recuerdo la forma en que el Maestro ejecutaba un violín imaginario para ayudarnos a recrear en el pensamiento estos versos:

“Pero todo aquello que tocamos, tú y yo,
nos une, como un golpe de arco,
que una sola voz arranca de dos cuerdas.
¿En qué instrumento nos tensaron?
¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido?
¡Oh, dulce canto!”

Los dos últimos versos los repetía con una voz muy baja y más dulce de lo habitual: “¿en rilke.jpgqué instrumento nos tensaron? ¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido?¿en qué instrumento nos tensaron? ¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido?… Esa es la esencia de φιλεω” nos decía con cierto estremecimiento.   “-Esa manera en que dos almas que, como cuerdas de un instrumento misterioso, se tensan juntas por la mano de algún músico desconocido que hace brotar de ellas la más dulce armonía, la más dulce canción.”

Nunca olvidé el poema de Rilke ni esa clase de griego sobre los distintos matices del amor. La enseñanza que adquirí, la luz que destelló ese día se quedó grabada en lo interno de mi corazón. Desde entonces nunca dejo de pensar en esa armonía y trato de buscarla donde quiera que me encuentre. Mis sentidos se van a lo externo buscando la música que conforma al mundo y aunque el caos es siempre más evidente, sentimos dentro de él las vibrantes notas de ese dulce canto.

Desde entonces comencé a sentir que el sentido de la vida era poder encontrar también en lo interno lo golpes de un arco para que el verbo φιλεω se hiciera carne en mi vida, se hiciera experiencia real. Aún estoy en eso, quizás logre comprender esos versos como propios, quizás no y la incertidumbre aterra y desasosiega… pero la búsqueda emprendida tiene una dulzura más valiosa que haber continuado el camino sin esa clase de griego, sin ese poema y sin el Maestro que me quitó uno de los mil velos.

Hay un amor que es emanado como la más maravillosa y perfecta armonía. Mi Maestro decía que los Caroreños conocían por nacimiento esa clase de amor, pues las familias de Carora crecían musicalmente, y por costumbre, acordando una nota musical para crear un puro y sublime amor filial.

Autora: Cecilia Álvarez
Traducción del Poema: Ciudad Seva
Illustration N. 1:Image from page 80 of “Gio: Paolo Maggini, his life and work” (1892)” by Internet Archive Book Images / Illustration N. 2: Guitar Dude by Ade McOran-Campbell : DOMINIO PÚBLICO.